
Bienvenidos al Jardín.
Este es un espacio donde nacen historias dedicadas a ti, a quien se atreve
a cruzar la línea del bosque y descubrir la magia que se oculta entre los primeros árboles.
Aquí encontrarás historias que no siempre llegan a publicarse, donde los personajes
respiran antes de existir y donde conocerás más de cada rincón de este mundo.
Compartiré relatos exclusivos, fragmentos inéditos y materiales que forman parte del proceso creativo.
El Libro
Relato exclusivo · Crónicas del Jardín

Borm encendió la vela con sumo cuidado como de costumbre, y es que no le faltaban las razones.
Era un enano y, como tal, su frondosa barba a veces podía comportarse de manera salvaje y rebelde: no deseaba que en su pira funeraria el trabajo ya estuviera medio hecho.
Por otro lado, tenía ya tantos años que tal vez fuera el enano más viejo de todo el reino de Azlabekt, y su pulso no gozaba de la firmeza de antaño.
Pero, sobre todo, cuidaba aquel gesto rutinario porque se encontraba rodeado de libros y más libros: el anciano Borm era el Maestro Bibliotecario del reino.
Era tarde, más de lo habitual, pero se había pasado gran parte de la jornada enfrascado en una apasionante lectura sobre los días del reinado de Zron II. Borm siempre había sentido especial devoción por aquel antiguo monarca, pues fue el fundador de la biblioteca que él custodiaba entre otros grandes hechos aunque, tristemente, era más recordado como El Rey que perdió Erzron, antiguo bastión enano.
Aún debía recorrer los largos pasillos de la galería donde se conservaba todo el saber del pueblo enano. Los habitantes de Azlabekt no eran unos ingenuos impulsivos, como los enanos salvajes de las montañas: eran cultos y reverenciaban el conocimiento y su historia.
Caminó despacio, cerciorándose de que todo estuviera tal y como debía. El primer gran pasillo estaba lleno de lomos de cuero marrón con títulos grabados en dorado en la lengua de las runas. Como todos los días, su mirada se detuvo en un ejemplar titulado Crónicas de los Días del Martillo. Hacía tiempo que aquel libro no se movía de su estante y le rezaba a Theol para que nadie se lo pidiera: el volumen era, sin lugar a dudas, el más grueso y pesado de toda la biblioteca. Tal vez si intentaba cogerlo y llevarlo en peso p asaría a la historia por una muerte aún más ridícula que una barba llameante.
Continuó revisando los pasillos lentamente, con parsimonia, asegurándose de no encontrar nada fuera de lugar.
«Debería quitarle el polvo a estos pergaminos», pensó pasando ante unos estantes repletos de rollos de papel liados en rodillos de madera tan antiguos como la propia biblioteca.
Se detuvo finalmente ante un corredor más oscuro que los demás. En las esquinas, alejados del papel, se encontraban los mismos candiles ardientes que iluminaban cada corredor de la biblioteca y que Borm encendía ceremoniosamente cada mañana tras cambiar las velas más gastadas. Sin embargo, en aquel pasillo, la luz languidecía y la oscuridad engullía los misteriosos volúmenes que allí reposaban.
Borm era Maestro Bibliotecario desde hacía más de doscientos años y, aún así, seguía estremeciéndose al llegar a aquel rincón. Caminó incluso más despacio rodeado de aquellos libros de lomos de cuero negro. Los miraba de reojo, como tratando de no perturbarlos con un movimiento brusco de su cabeza.
Uno de los libros llamó su atención: desprendía un fulgor propio.
«En el nombre de Theol…», maldijo para sí mismo.
Se acercó a la estantería más tembloroso de lo habitual hasta que pudo leer el título: Magia de Sangre.
Su respiración se aceleró. Sintió miedo: sabía lo que aquel libro ocultaba en sus páginas. La magia de sangre, también llamada magia crucial era una aberración, un sendero oscuro que algunos elfos decidían tomar y que les despojaba de su ser: su alma se vendía a la muerte.
¿Por qué resplandecían las páginas de aquel libro? Le pareció oír un susurro. Una voz que lo llamaba.
—Borm…
El anciano dio un paso más hacia aquel libro, situado a la altura de sus ojos.
—Borm —repitió la voz—, podrías ser el enano más grande de la historia de tu pueblo.
Su corazón palpitaba con fuerza: el libro le estaba hablando. Trató de dar un paso atrás pero, por algún extraño motivo, no pudo moverse. La voz continuó.
—Podrías ser el primero de los tuyos en abrazar el verdadero poder, en descubrir las grandes verdades de este mundo, en ser el elegido de un nuevo pueblo.
—No… —susurró el anciano, tratando de alejarse sin éxito de aquel lugar.
—Abre mis páginas, deja que las palabras te envuelvan y te hagan ver la verdad. ¿Acaso no eres tú un adalid del conocimiento?
Sintió algo totalmente inesperado: curiosidad. ¿Qué mal podría hacerle leer aquellas palabras? Tan solo eran eso, palabras.
Alzó la mano para tomar el libro, pero un pensamiento le detuvo. Había consagrado su vida a la palabra escrita, conocía su poder, sabía lo que podían lograr: no, no eran tan solo palabras.
—¡No! — exclamó con determinación.
La voz se perdió y el fulgor se desvaneció y aquel libro volvió a ser tan solo eso: un libro en una estantería envuelta en la penumbra.
Borm continuó su camino. Pese a seguir tembloroso, en su rostro se dibujó una sonrisa.
— B.H. David
